Opinión
Por: Silvina Romano / CELAG
La masacre de
maestros en Nochixtlán, Oaxaca, profundiza las certidumbres sobre el terrorismo
de Estado que opera en México bajo una fachada democrática.
Interesa aquí
dejar claro el accionar del gobierno en contra de las libertades y garantías
que debería asegurar cualquier Estado de Derecho. A pesar de la obviedad de la
impunidad y arbitrariedad con la que actúan la policía y las Fuerzas Armadas,
hace unos días, el titular de la Secretaría de Seguridad Pública de Oaxaca,
Jorge Ruiz Martínez, pidió a la sociedad no creer en los rumores de que Oaxaca
estaría bajo un “Estado de Sitio” y aclaró que “menos aún existe la posibilidad
de que el Ejército tome las calles y evit[e] la libre circulación de las
personas”[1]. Queda la duda de si Ruiz Martínez considera realmente que se está
procediendo bajo el orden de la legalidad, o si su afirmación obedece a puro
cinismo.
Sin descartar el
cinismo, debemos recordar que ciertamente, existen leyes que avalan la
“ilegalidad”, o lo que debería ser ilegal en cualquier Estado de Derecho. En el
marco de la Guerra contra el Narcotráfico,
entró en vigencia en México la ley de seguridad nacional de 2011 que
establece que “para preservar la tranquilidad nacional, y en la colaboración
que ejercen en tareas de seguridad pública, el Ejército y la Armada pueden
intervenir sin que sea necesaria la declaratoria de estado de excepción
establecida en el artículo 29 de la Constitución”[2]. Así es que Ruiz Martínez
está en lo cierto, no se declaró Estado de Sitio, porque no hace falta, pues se
ha naturalizado el empleo de las Fuerzas Armadas para imponer el orden interno.
Y esta naturalización sentó las bases para un marco jurídico que “legalizó” el
Estado de excepción permanente[3].
El periodista e
intelectual Carlos Fazio afirma que
México “vive un Estado de excepción no declarado, donde es posible rastrear la
historia de una auténtica política oficial de exterminio”[4]. A su vez, como lo
aclara Raúl Romero, este exterminio se enmarca en un capitalismo criminal que
utiliza lo legal para la reproducción del capital ilegal. Esto permite
dinamizar la economía mediante la guerra, facilitar los procesos de despojo y
acumulación, eliminar las resistencias y la mano de obra desechable, al mismo
tiempo que se controla la sociedad mediante el miedo y el terror[5].
Precisamente,
hace casi un año (agosto 2015), un colectivo de organizaciones sociales
denunciaba que en Oaxaca se estaba implementando en los hechos un Estado de
excepción, no solo en ese Estado sino en todo el país: “Como ha sucedido en
otros momentos de la historia, hoy el Estado echó a andar abiertamente su
“política” militar y policiaca contra todas las manifestaciones del movimiento social”.
En el mismo documento se recuerda que estas medidas de seguridad se dan en el
marco de la “gran debacle económica en que se encuentra el país, lo que sin
duda ahondará la brecha de pobreza y desigualdad” [6].
De este modo, no
se trata solo de violencia desatada por las fuerzas de seguridad del Estado,
sino que es una violencia instalada a partir de las políticas económicas
implementadas por el Estado para “acabar con los pobres y la pobreza”, pero no
porque se proporcionarán medios para mejorar la calidad de vida de las
mayorías, sino que se hará lo contrario, exterminando la disidencia por medio
de las represión pura y profundizando la miseria. Vale recordar aquí lo que
enfatizaba el periodista Rodolfo Walsh en su carta a la Junta Militar argentina
en marzo de 1977, que había inaugurado un año atrás el terrorismo de Estado más
cruel que vivió ese país: “En la política económica de ese gobierno [la Junta]
debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor
que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”[7].
TeleSur

No hay comentarios:
Publicar un comentario